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Recomendación: NO vea estas películas
 
 

Recomendación: no vea las películas del Concurso de Largos de Ficción del Festival. Escuche este consejo: no pierda de esa manera su tiempo, ni se someta a ayunos prolongados o a colas inmensas por ninguna de ellas. Insisto, trate de no verlas. (Aunque tal vez podría mirar tres o cuatro, pero no el resto).

Créame, en caso de no seguir mi advertencia, corre el riesgo de perderse el resto del Festival, las óperas primas, los documentales, las muestras y panoramas internacionales, porque la competencia de este 2012 está para becarse en los cines (como hacía tiempo no pasaba), para esperar por ella como aguarda un amante: con absoluta fidelidad, sin mirar a más nadie, y con los ojos bien abiertos, y la mente y el corazón.

Ya vi parte de esos filmes y tal vez por ahí debería comenzar. Decirles que salía de la sala de proyecciones, la mayoría de las veces, vertiginosamente feliz, como si hubiera asistido a un baile, a la resurrección de un imperio decadente, a un descubrimiento. En ocasiones, me hicieron sentirme testigo del final de un ciclo, del inicio secreto de una nueva era para el cine latinoamericano. Pero decir eso es una exageración. Es más, una ridiculez.

Mejor volver entonces sobre la idea de que es un año de lujo por lo que viene y los que vienen, porque casi nada es prescindible: tendremos películas ganadoras en Cannes, otras que representarán a sus países en los Oscar; vuelven Pablo Trapero, los Carlos Sorín y Reygadas, Marcelo Gómes, Pablo Stoll...

Le comento lo que más me impresionó de lo que vi: la misteriosa conexión entre esas cintas, cómo manifiestan preocupaciones compartidas, denuncias comunes, vínculos en las formas de hacer y de creer, como si todas, en conjunto, formaran una foto en movimiento, una imagen continua, la gran película del ahora de América Latina.

Y si después de este preámbulo no lo he podido convencer y se decide a verlas,  le aseguro que quedará conmovido con Violeta se fue a los cielos,  la poética biografía de la cantautora chilena Violeta Parra, ganadora del premio a Mejor Película Internacional en el Festival de Sundance.

Dirigida por Andrés Wood, es una reconstrucción caótica del mundo interior de la artista, de la gente que marcó su vida, sus viajes, sueños, miedos. Todo está sugerido en ella, hasta la realidad y el misterio. Incluso el tema recurrente de la violencia y la lucha contra la dictadura, sobre los que vuelven, en formas más nítidas, la brasileña Hoje, de Tata Amaral y la chilena No, de Pablo Larraín.

Si el filme de Amaral habla desde el presente de las huellas de la dictadura, del oportunismo y de la culpa, de personajes enclaustrados por los traumas y miedos del pasado, Larraín nos propone el regreso al Chile de 1988 y el plebiscito que puso fin al régimen de Pinochet.

Ganadora de la Quincena de Realizadores de Cannes, No cierra la trilogía sobre el golpe de estado contra Salvador Allende, integrada además por Tony Manero y Post Mortem. Está interpretada por Gael García Bernal, tiene un tono semidocumental y centra su trama en el papel de los medios de comunicación frente a los poderes corruptos de la sociedad, en sintonía con Fiebre del ratón, del brasileño Cláudio Assis y con la argentina Cassandra, de Inés de Oliveira Cézar.

En blanco y negro y con una esmeradísima fotografía, secuencias de manifestaciones y de protestas que recuerdan también al documental y al Cinema Novo, Fiebre... es una película tan extraña y cruda como la de Oliveira; esta última sobre una periodista que decide escribir sobre unas comunidades aborígenes en una región remota del Chaco argentino. Es eso, básicamente: la historia de un viaje; pero termina convirtiéndose en un juego con los tiempos y el espacio, en un recorrido hacia el interior de la propia protagonista.

Otra película de viajes es Pescador, la cinta del ecuatoriano Sebastián Cordero que obtuvo los premios Mayahuel de Plata a los mejores actor y director en el Festival de Guadalajara. Cordero realiza una denuncia del narcotráfico, pero a la vez, filma un canto a la ambición humana de prosperar y una vindicación de las relaciones familiares (probablemente el tema más recurrido entre las obras en concurso).

Si el protagonista de Pescador, Blanquito, va en busca de su padre, dinero de la droga mediante, Marco, el de la argentina Días de pesca, viaja para intentar recomponer la relación con su hija, rota por 10 años de alcohol. Este filme, otra de las historias mínimas de Carlos Sorín, trata sobre la redención y la importancia de la familia, al igual que la mexicana Los mejores temas, de Nicolás Pereda, y las uruguayas La demora (Rodrigo Plá)y 3 (Pablo Stoll).

Pereda compitió en Locarno, Plá ganó el Premio del Jurado Ecuménico en Berlín y la cinta de Stoll fue un suceso en la Semana de la Crítica de Cannes. Todas hablan de la incomunicación y la soledad, pero también de la violencia verbal y física en el interior de las familias, tópicos que alcanzarán puntos culminantes en dos cintas mexicanas: la multipremiada Después de Lucía, de Michel Franco, y la controvertida Post tenebras lux, de Carlos Reygadas.

Después de Lucía, que se adentra en el oscuro mundo del acoso sexual, se llevó el premio de la sección Una Cierta Mirada en Cannes, una mención especial en el Horizontes Latinos de San Sebastián y fue elegida para representar a su país en las carreras por los Oscar y el Goya.

Mención aparte merece Post tenebras..., que dejó perplejos a público y crítica en su estreno y dividió al jurado de Cannes, donde obtuvo finalmente el Premio al Mejor Director. Una historia tan cruel como aparentemente absurda, de una estética tan cargada como magnética, una cinta de esas que parece hecha para cambiar el lenguaje del cine. Habla de la violencia, la crisis de identidad y añade a las relaciones entre padres e hijos las complejidades al interior de la pareja, conflictos también presentes en Era una vez Verónica, del brasileño Marcelo Gómes, en la chilena Las cosas como son (Fernando Lavanderos) y en la cubana Irremediablemente juntos, de Jorge Luis Sánchez.

La película de Gómes, una sugerente metáfora sobre el valor de la vida, apuesta por un tono marcadamente femenino, existencialista, lírico. Ganó el Amazonas Film Festival y fue admitida en San Sebastián y Mar del Plata; pero allí fue Lavanderos quien se llevó el galardón a Mejor Película con su historia de amor entre una sueca idealista y un joven chileno escéptico y registrón.

Esas películas abordan además, de modo oblicuo, la realidad lacerada de sus países y su gente, sus apuros y desigualdades, como sucede, de manera más explícita, en las cubanas La película de Ana, de Daniel Díaz, y Se vende, de Jorge Perugorría.

Una inspección más profunda en la cotidianidad proponen las argentinas Dromómanos, de Luis Ortega y Elefante Blanco, de Pablo Trapero. La primera, una especie de falso documental con una estructura fragmentaria, hace referencia con ese título a personas que viven en constante movimiento, seres extravagantes donde los hubo y tan marginados como los pobres que auxilian los sacerdotes de Elefante…, una obra sobre la defensa de la dignidad humana, sobre el poder de la entrega y de la fe.

Interpretada por Ricardo Darín, es de esas películas que erizan el pellejo, que sacuden y humanizan, de las que me obligan a recomendarle, como al inicio, que no vaya al cine cuando la pasen si no quiere que su vida cambie, que nada vuelva a ser igual cuando la termine de ver.

Por Liomán Lima

 
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