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La vida según Svankmajer (teoría y práctica)
 
 

Jan Svankmajer le debe a aquel teatro de títeres que le regalaron de pequeño —una costumbre checa— sus primeros pasos en el oficio de contar. En una ocasión confesó incluso que sus historias todas parecían hechas para títeres. En efecto, los personajes de Svankmajer transitan de una escena a otra como sometidos a una voluntad superior. Aquí no se trata de hados olímpicos, sino de una dimensión humana a la que este artista ha dedicado el sentido de su obra: el inconsciente.
Sobreviviendo a la vida (teoría y práctica), de 2010, puede leerse como un homenaje narrativo a los dos padres del psicoanálisis, Sigmund Freud  y Carl Jung. Švankmajer describe sus ideas —muchas veces en pugna— reconociéndose abiertamente admirador de ambos, y lo hace a través de una comedia que se quiere al margen de ciertas pautas medulares del género. Švankmajer recorre caminos propios hacia la hilaridad, que no proviene aquí de gags visuales ni retorcijones de la razón. Es un humor que expone nuestras verdades ocultas, las que lleva dentro cualquier ser humano, es un humor que ofrece el reverso grotesco de ciertas convenciones sociales; y casi nos obliga a sonreír —para no horrorizarnos— ante tal descubrimiento en nosotros mismos. Nunca olvidemos que su compatriota Franz Kafka, surrealista como él, doblaba de la risa a un grupo de amigos con las páginas de El proceso.

Si  Sobreviviendo… escarba en el significado más íntimo que tienen la madre y la esposa para un hombre; El pequeño Otik (2000) lo hace con la paternidad y las connotaciones psicosociales de tener hijo. No encontraremos verdades reconfortantes en los extraños senderos trazados por Freud; pero Jan Švankmajer promete travesuras tan inusuales como fecundas. En estos dos últimos filmes se le ve reconciliarse con la Poética aristotélica. Tendremos, sobre todo en Sobreviviendo a la vida, pasajes de un notable onirismo, sí, pero no es ya aquella narración hirsuta y discontinua, propia del sueño, que desafiaba al espectador en otros largometrajes como Alicia (1988), Fausto (1994) o Los conspiradores del placer (1996). En los tres filmes, como en varios de sus cortos, especialmente en Otro tipo de amor (1988), se reciclan vez tras vez los planos, con ligeras diferencias, jugando con la irritación del espectador y sus deseos de palpar conscientemente aquel terreno propio que el entendimiento tiene vedado.

Las escenas de Svankmajer llegan a nuestros ojos y oídos cargadas de un poder sinestésico. El autor concibe la proyección fílmica como un proceso que involucra todos los sentidos. Aun más, revela que la experiencia humana, como acto cerebral, desborda el límite de percepción que le imponen determinados órganos; así, por ejemplo, cuando uno de los personajes de Los conspiradores del placer recibe en su piel cierta sensación, redondea su perfección con el recuerdo de una nota musical que escuchó cantar alguna vez. En la mayoría de los casos, el director además invita al público a participar activamente en el juego audiovisual de los sentidos con recuerdos propios y actitudes que van desde el asco gustativo al dolor táctil. Flora (1989) parece ideada como un golpeteo de veloces imágenes y sonidos que nos encadenan con evocaciones de sufrimiento, impotencia y muerte hacia una sensación particular: la sed. Uno de sus cortos más estudiados, Amor carnal (1989) diseña concepciones sobre eros a partir del apetito, la danza, la música e incluso el dolor.

Por último, las ficciones de Jan Svankmajer esconden en su fondo una crítica al pensamiento instrumental de la sociedad contemporánea. La materia se convierte en sujeto, adquiere vida; los artefactos se rebelan ante el uso que el hombre industrial les da, una media en Alicia puede devenir oruga a punto de ser mariposa. En Comida (1992), esta parafuncionalidad de los utensilios desnuda sus connotaciones políticas en una lectura surreal de las relaciones económicas (entre las clases sociales, entre las necesidades y el trabajo). A partir del cotidiano y significativo acto de desayunar, almorzar y cenar, el autor no solo hace desfilar las amargas contradicciones de aquel presente checo, sino que trasciende fronteras de tiempo y espacio para llegar al hoy y el ayer de todo el género humano.

Por Justo Planas

 
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