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Eliseo Subiela: Entre la libertad y la locura
 
 

Volvía al cine como cada tarde para ver la tercera, cuarta, película del día. No notó en las marquesinas el cambio de programación. Cuando se hizo oscuro y se volvió a proyectar la luz, advirtió rápido que esa no era una de las películas de guerra y cowboys que habían consumido hasta entonces las emociones enfebrecidas de sus 16 años.

Decidió esperar, ver qué sucedía, darle un voto de confianza, uno más, al cine. Como suele suceder, tampoco comprendió que todo estaba a punto de cambiar, que se iba a enamorar tenazmente y para siempre de la protagonista, Anna Karina, que desde entonces Godard cambiaría su visión de las cosas y Vivir su vida le enseñaría el camino para seguir con la suya.

«Ahí, encontré el bien incurable», dice Eliseo Subiela, «la enfermedad de la que no quiero sanar», «esa delicada frontera con la locura que es la necesidad de hacer cine». Aunque en realidad, recuerda, todo empezó mucho antes. Pero solo hace poco se dio cuenta. Mientras preparaba recientemente la adaptación de Hombre mirando al sudeste a las tablas, en Argentina, recordó que lo primero que escribió en su vida no fue un guion, sino una obra de teatro.

Pero esa tarde, mientras veía a los actores ensayar, a los attrezzistas y utileros preparar la función, entendió también por qué había escogido hacer películas: «porque el teatro es una verdad y el cine es una fábula, una mentira, y yo necesitaba fugarme de la realidad para soportar mejor mi vida. Porque soy un montón de cosas frustradas, un hombre básicamente contradictorio y tipos así solo cabemos en el cine o en la literatura. Y no pude ser escritor».  

Hace cine por otra razón: para armar su vida, «porque cada película mía es un fragmento de lo que he sido en un momento determinado», y porque cada  personaje se convierte en un pedazo de sus sueños y de sus traumas y de sus obsesiones, «una forma inconclusa de ese ser llamado Eliseo Subiela que todavía intento comprender».
Cuenta que el cine es también un viaje, y que de muchos viajes (al interior y al exterior de sí mismo), han nacido sus obras.

Recuerda, por ejemplo, que a París llegó en busca de La conquista del Paraíso, «mi primera película, mi primer maravilloso fracaso». Fue a conocer a Carpentier, a pedirle adaptar su novela Los pasos perdidos. Pero el escritor le dijo lo siento,  los derechos los había comprado hacía tiempo Tyrone Power. Subiela ya se iba, vencido por la derrota, cuando oyó la recomendación del cubano: ya que no te la puedo dar, róbamela, yo no voy a protestar...

En un recorrido por un manicomio, conoció un interno cuerdamente loco, un Hombre mirando al Sudeste, y cuando visitó Uruguay, en las conversaciones con una prostituta encontró El lado oscuro del corazón.

«Eran los años de la dictadura en las dos orillas del Río de la Plata. Montevideo era más poética que nunca. No había jóvenes. Los habían matado o se habían fugado del país. No había nada que hacer. Por eso descubrí los cabarets y conocí a un personaje misterioso, con la que hablaba de literatura, sobre todo de Onetti, y recitábamos versos. Ella fue el modelo de Ana, la inspiración de la historia.»

Fue en Montevideo, también, donde encontró a Mario Benedetti, una de las personas que marcó su vida y su cine. Nunca olvida la primera vez que lo vio. Lo esperaba ansiosamente, en el lugar acordado, cuando apareció aquel señor de bigote, con aspecto de empleado bancario, con un maletín de cuero gastado. A Subiela le costó un tiempo reaccionar, asociar esa «figura gris» con el poeta que había idealizado.

De tanto cine, de tanta literatura (Arlt, Girondo, Cortázar, Bioy, Marechal), sabía que sus películas no podrían escapar jamás de los tres temas universales: la vida, la muerte y el amor. Se pregunta a sí mismo: «¿Es que hay otros?» Luego responde que sí, que claro, que está la falta de amor, «la tragedia que explica todos los males del mundo».

Dice que es peor que la muerte, «porque no estoy seguro de que todo acabe con ella. Tengo la fuerte sospecha de que morir no es el fin. Pudiera ser, incluso, hasta un secreto comienzo». En cambio, «la negación del amor sí es un final definitivo, porque hace que el ser humano deje de soñar». Considera que esa es la más lenta, la más terrible forma de dejar de vivir.

«Hay otra silenciosa catástrofe: el paso del tiempo, pero tiene un remedio, escribir literatura, hacer cine». De ahí, añade, el acto sagrado de crear no tiene relación, necesariamente, con la madurez biológica, sino con la edad mental, con la esencia subversiva del arte, «que es aceptar permanentemente desafíos, plantear constantes caminos y búsquedas y renovación».

Por eso disiente de la idea de un Nuevo Cine Latinoamericano. No cree que haya existido, ni que haya habido, nunca, un verdadero movimiento. Solo un idioma común, problemáticas parecidas, pero no un «nuevo cine». En todas las épocas, afirma, ha habido directores muy jóvenes que hacen películas muy viejas y directores más viejos que han hecho cosas nuevas y viceversa.  

Llega más lejos: se alegra, incluso, de que el cine de la región haya superado la bastedad política e ideológica de los 60, su pobreza artística, su lamentable propaganda: «afortunadamente, se ha ido liberando de ese mandato y se ha hecho más libre, se ha acercado desde otras miradas a la riqueza de América latina. Ese será siempre el verdadero riesgo y el gran desafío de hacer un cine auténticamente libre».

Pero piensa que la libertad no es, nunca podrá serlo, un destino. «Debe ser, más bien, un vehículo, porque el objetivo final de toda búsqueda, en el cine, en las batallas cotidianas, en la vida, es alcanzar la belleza, las esencias del hombre, permitirle a los seres humanos encontrarse a sí mismo».    

Asegura que filmar Paisajes devorados, la película que se presenta en el Festival, ha sido el momento más libre de su creación cinematográfica, en todas sus épocas, en toda su vida.

La idea surgió del desvelo y de la pasión: hipotecó por segunda vez su casa. Buscó desesperadamente productores. Contactó, casi sin esperanzas, a la filial de la Canon en Argentina. Les preguntó por una cámara de fotos con la que quería filmar; «pero no tengo un medio para pagarla», les dijo. Escribió a Fernando Birri a Roma para decirle que soñaba con él como protagonista, pero tampoco tenía para costearle un pasaje...

Ahora, con la película ya terminada, Subiela confiesa que filmarla, le hizo creer, cada vez más, en las sutiles manifestaciones del destino, en los pequeños milagros del azar, en las misteriosas confluencias de la realidad: una ex-alumna le escribió desde Estados Unidos para poner a su disposición todos sus ahorros. Canon le ofreció una cámara. Al otro día le respondió Birri: ¡estaba en Argentina!, haciendo una película, quedaba a su servicio.

Fueron dos semanas en un psiquiátrico y otras dos fuera del manicomio. Las cuatro, dice, verdaderas, disfrutables locuras.

«El resultado es una película de fronteras débiles, muy frágiles. Birri cree que es la película que resume mi credo, todo lo que he sido, todo lo que he intentado decir hasta ahora en el cine. Eso también tiene que ver con mi concepción de la libertad como instrumento, como medio para hacer y ser».

Dice que esta película, como las anteriores, es una carta que le envía a la vida. En ella le escribe que hacerla le ha dejado claro, entre otras tantas cosas, dos verdades irrefutables: «que los amores que llegan más lejos son los que nunca llegan a puerto» y que se debe tener coraje para gritar ¡Acción! Pero mucho más para no decir ¡Corten! Nunca.»  

Por Liomán Lima 

 
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