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Libertad, sin due├▒o concebida
 
 

«Imaginemos una película en la que un hombre muy pobre, paupérrimo, es deslumbrado por la propuesta de cierto ricachón aburrido –uno de esos del 1 %―: el magnate, excitado, quiere practicar la caza mayor del ser humano durante un año. El acuerdo es que el pobretón y su familia recibirán un millón de euros sin importar cuál sea el resultado –tanto si la “presa” logra escapar como si termina siendo ultimada―. Entonces, en pleno ejercicio de una supuesta libertad, ambas personas deciden firmar un contrato de libre asesinato.

«Este filme podría tener varios desenlaces. En el peor escenario, terminaría la cabeza del fugitivo disecada en la biblioteca del cazador».

Semejante argumento cinematográfico fue delineado por el filósofo español Antoni Doménech para exponer los límites escabrosos del albedrío: «Contratos de tal naturaleza crearían un mundo caótico y opuesto a la utopía. Hoy no se permiten en los estados modernos; como tampoco, la firma de contratos de libre esclavitud. Incluso, en el derecho romano primigenio, la esclavitud voluntaria estaba prohibida».

Reflexiones y anécdotas semejantes tuvieron lugar durante el seminario «¿Qué es la libertad?»: otro de los encuentros de pensamiento que propició el 34. Festival.
«Un primer dilema –continuó Doménech– aparece en el plano metafísico, donde ocurre un choque entre la sensación que tenemos todas las personas de lo que significa “ser libres” y nuestra manera de comprender el mundo que nos rodea».   

«Por ejemplo, si somos naturalistas y ateos, apreciamos la realidad como una relación de causas y efectos. Ante esa comprensión determinista de los sucesos de la vida, no resulta muy coherente creer que podamos conducirnos según nuestro libre arbitrio. O, si tenemos una visión religiosa de la existencia, pensar que un Dios decide nuestro destino también se opondría a ese sentimiento de “estar en completa libertad” para actuar.

«Otro problema sería el enfoque práctico del concepto: la libertad política. Cierta noción, un tanto “bobarrona”, afirma que la libertad significa no ser interferidos por el proceder de los demás; algo inevitable en las civilizaciones humanas. Entonces, la sociedad más libre sería la que define, mediante la ley, cómo ser mínimamente interferidos por los otros».   

Por otra parte, Florence Gauthier comprende la libertad como un derecho incuestionable y lo hace a partir de un recorrido histórico, en el cual se erige como punto neurálgico a la Francia del siglo XVIII, momento que revolucionó al mundo occidental con sus ideales democráticos; aquellos que luego degeneraron hacia formas imperiales. De este modo, la intelectual francesa deja sentados otros principios básicos que atravesaron todo el debate: la libertad es un concepto que evoluciona y se somete a la reconstrucción histórica.

En un espacio eminentemente latinoamericano, Gauthier se refirió –por supuesto– a la Haití que intentó liberarse en un levantamiento de esclavos, reprimido por la misma Francia que años antes había esgrimido las banderas de la igualdad y la fraternidad. Asimismo, relató la desaparición de la noción compartida de los Derechos del Hombre y su recuperación solo después de finalizada la Segunda Guerra Mundial.    

El presidente del Festival, Alfredo Guevara, agregó nuevos matices al encuentro cuando afirmó que el momento en que se ha sentido más libre durante toda su vida no fue «la salida de la cárcel o cuando pasó lo peor y logré salvar la vida»; sino el momento en que fue «liberado» de decidir institucionalmente sobre los destinos y el desarrollo de obras artísticas o creadores. A la par, ejemplificó cómo el hecho de que se amplíen las libertades de otros, también nos hace más libres a todos los seres humanos. «La idea de la libertad está bien enraizada en todos nosotros y la seguimos construyendo cada día».

Otras luces sobre tan complejo asunto llegaron en las manos del profesor cubano-estadounidense Román de la Campa, quien señala: «La propuesta triunfalista de la posmodernidad se ha agotado. Luego de languidecer el ímpetu anticolonialista, no se sabe bien qué viene después. Casi un cuarto de siglo después del socialismo real, ha seguido una crisis del capitalismo y –al mismo tiempo– una expansión del capital. Todo ello redunda en una contracción demoledora de las condiciones de posibilidad de la libertad y, en medio de todo esto, incluso la resistencia desde el arte y la estética ha perdido terreno».

Al respecto, el reconocido director argentino Eliseo Subiela aseguró que «el cineasta es más libre cuanto menos presupuesto tiene para su película: es una verdad casi matemática»; y acto seguido comentó que trae a este Festival una producción realizada con una cámara digital portátil, un falso documental que se presenta hoy en el cine Chaplin, protagonizado Fernando Birri.

Subiela relató, además, sus duras peripecias como realizador en la época de la última  dictadura de la nación conosureña, cuando le censuraban hasta a los actores que aparecerían en su ópera prima, y demoraron la exhibición de La conquista del Paraíso (1980) durante un año. En un tono más íntimo, el argentino reconoció que se preocupa por la libertad del artista, por «hasta dónde se está dispuesto a llegar» ahora que no tiene condicionantes económicas ni políticas de peso. «Y he descubierto que no me he atrevido todo lo que podría», confesó.

El aporte de un espacio como este seminario a un evento que reúne creaciones cinematográficas, no deja lugar a dudas: «La posición del artista y el intelectual ante la realidad de hoy resulta ambigua ―resumió De la Campa. Hay una nueva concepción del sujeto en que se preferencia al consumo, y detrás de esto hay un desgaste muy grave de lo humano. Las expresiones hegemónicas recrean artificiosamente, que no artísticamente,  un entorno no real; de ahí surgen zombis y superhéroes como símbolo de lo universal».   

Por Mabel Olalde Azpiri y Carol Muñoz

 
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