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Diego Peretti: «Por un lado firmaba la receta, y por el otro, un autógrafo»
 
 

Entraban con las manos entrelazadas, a ambos les sudaban: a ella por la emoción de apoyar la cabeza en su hombro durante 60 minutos, a él porque iba a tener delante a uno de sus actores preferidos. Los ojos de Diego la fascinaban, pero el brillo en su mirada tenía que ver con lo que sucedía en el escenario, no con ella. Él no iba al teatro a los 14 años para estar a oscuras con la novia, sino para deleitarse con ese mundo que mucho tiempo después hizo suyo.

El «bichito de la actuación» despertó en Diego Peretti desde la adolescencia, pero no fue hasta la adultez que se dio cuenta que era posible ser actor. «Cuando hay una dictadura se achican las posibilidades de percepción, está todo como más rígido. Crecí en una familia de clase media, donde estaba establecido hacer una carrera tradicional, y por eso me metí en medicina, sin mucho tiempo para pensar. Cuando fui creciendo el clima político se fue alivianando, bajó la rigidez y eso hizo que pudiera mirarme a mí mismo, y empecé a tomar clases de teatro», nos cuenta.

No le gustaba ninguna especialidad quirúrgica ni clínica, sin embargo, quedó atrapado por la psiquiatría. Se hizo médico en esa especialidad y al mismo tiempo comenzó a actuar en teatro y televisión. «Por un lado firmaba la receta, y por el otro, un autógrafo. No dormía casi, pero estaba soltero, sin hijos, y lo podía hacer porque me apasionaban mucho las dos carreras».

Ambas profesiones trabajan con la angustia, con los conflictos humanos: una desde la escucha y la solución científica, y la otra usa el cuerpo como expresión artística. Pero el objeto de estudio, asegura Diego, es similar: los padecimientos del alma. «Y en ese sentido podría decirse que traté de llegar al mismo lugar pero por diferentes caminos».

Mas hubo un momento en que no pudo seguir con esa doble vida, pues en Argentina los grandes éxitos de televisión suelen llevarse al teatro, y así ocurrió con una serie en la que actuaba Peretti. Se fue un verano a Mar del Plata para una temporada, pidió una licencia en el hospital, y desde entonces lleva más de 20 años de licencia.

Lo atrajo más lo artístico que lo científico, y aquí está en el 35. Festival como protagonista de dos películas en concurso Wakolda, de Lucía Puenzo y La reconstrucción, de Esteban Taratuto. Trabajar con estos directores le fue muy cómodo, pues ambos estudiaron en la misma escuela de cine en Argentina, y tienen una formación parecida. Con Taratuto ya había hecho dos comedias, y esta es su primera película dramática, y con Puenzo había realizado antes un cortometraje. «Los dos quieren mucho lo que hacen, pero le brindan al actor libertad para trabajar. Yo soy muy discutidor, pues necesito que me den todos los elementos racionales que tengan que ver con la historia que estoy contando, necesito que me expliquen, y en este caso, ellos son directores muy lógicos, muy racionales, que llegan al set con un trabajo bien pensado y uno solo tiene que concentrase en actuar».

Se considera muy metódico y meticuloso a la hora de estudiar el guion, y eso le viene de la psiquiatría. Analiza cada actitud, acción, reacción del personaje con su psicología. Después estudia el físico, cómo se mueve, pero no le gusta agregar elementos por agregar: «todo tiene que contribuir y potenciar la historia que quiero contar, no me gusta hacer un muñeco para sobresalir. Y eso es algo muy bonito que tiene el cine, inmediatamente que se sobreactúa, nos damos cuenta».

Para quienes antes lo habíamos visto en comedias, nos sorprende la actuación de Diego Peretti, tanto en Wakolda como en La reconstrucción, dos dramas en los que se evidencia su calidad histriónica. Nos confiesa que tiene mayor cercanía con el personaje escrito por Puenzo, porque «es un hombre más normal, fue más fácil construir a Enzo, ya que imaginariamente es muy parecido a las reacciones que hubiese tenido yo, de estar en una situación similar. En cambio, el personaje de La reconstrucción es más herido, con una huella emocional mucho más grande».

En el cuarto largometraje de Taratuto, Diego interpreta a Eduardo, un trabajador de los yacimientos petrolíferos de Río Grande, que ve alterada su solitaria y ermitaña rutina cuando se traslada Ushuaia, donde lamentables circunstancias lo llevan a ser el eje de una familia devastada. Sobre el proceso de filmación nos comentó que fue muy bueno salir de Buenos Aires. «Nos trasladamos a la ciudad más austral del mundo, y todo el equipo estaba concentrado. Nos levantábamos a las 7 de la mañana con un frío terrible, filmábamos 11 horas, y después íbamos al hotel y conversábamos sobre las escenas. Eso fue generando un microclima, a partir del cual, desde el sonidista hasta el que empuja el carro de la cámara estaban comprometidos, y todos sabían lo que estábamos contando y a dónde queríamos llegar».

Precisamente por eso es que prefiere el cine, por encima del teatro y la televisión. En el séptimo arte los tiempos son limitados, se sabe cuándo empieza y cuándo termina el rodaje, y en ese período todos están concentrados en función de contar la historia. El teatro tiene la ventaja de estar en vivo con la gente, pero Diego reconoce que no es fácil ir de miércoles a domingo a hacer la función, aun cuando hay días que no tienes ganas. Mientras que la televisión, explica, tiene el inconveniente de que debes ser rápido y efectivo, «no hay tiempo para pensar las escenas y a veces si es una serie larga, el actor no tiene espacio para armar un personaje, porque empieza de una manera y después los guionistas lo cambian, pues el personaje se va construyendo en la medida de lo que alguien cree que le gusta a la gente», y eso —insiste— es algo que no le acaba de agradar.

Por ello vuelve al cine siempre que lo atrapa una historia y un director que sepa lo que quiere, no importa si sea consagrado o novel, porque en Argentina el público prefiere ver a sus artistas en una buena película, y estas compiten de igual a igual con las norteamericanas, algo que sucedió con Wakolda desde las primeras semanas de exhibición. «Argentina es un país que le gusta el cine, le gusta hacer cine, bueno y malo, precisa. Nuestro cine no tiene una industria sólida, como creo que no la tiene ningún país Latinoamericano, pero sí tiene una base de materia humana muy inquieta. Parece que no se va a morir nunca, porque siempre hay una vida básica, genética, que alimenta al cine en el país».

Por Maydelis Gómez Samón

 
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